TLATELOLCO PRESENTE

El pasado 2 de octubre se cumplió el cuadragésimo aniversario del aciago acontecimiento mediante el cual el ejército y la policía de México dispararon alevosamente contra miles de estudiantes concentrados en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco con el trágico resultado de cientos de muertos, heridos y desaparecidos.

Ocurrió en 1968, el emblemático año que sacudió al planeta en una década turbulenta cuando se quería cambiar un modelo civilizatorio perverso sostenido en plena guerra fría por el capitalismo y el socialismo autoritario. El mayo francés, la primavera de Praga, la muerte de Robert Kennedy, el asesinato de Martin Luther King y muchísimos otros estremecimientos nos hacen evocar con tristeza lo acaecido.

La dictadura perfecta del P.R.I., como la denominó acertadamente Mario Vargas Llosa, estaba en pleno apogeo y logró obtener la sede de los juegos olímpicos de ese año gracias al lobby ante el C.O.I. Sucedía concomitantemente la rebelión estudiantil y había que liquidarla por razones de Estado.

El aparato político mexicano tiene una tradición autoritaria. El desenlace perverso de la Revolución Mexicana así lo definió porque el derrocamiento de la dictadura de Porfirio Díaz fue negociada para mantener el statu quo prescindiendo del déspota en decadencia. Para ello instauraron a Francisco Madero, figura tradicional, como transición dejando incólume a las fuerzas armadas.

El resultado fue la ejecución del mismo Madero, Pancho Villa y Emiliano Zapata, representante de la esperanza agraria luego del Plan Ayala. Igualmente liquidaron la extraordinaria experiencia de la Comuna de la Baja California, donde los magonistas ácratas y los obreros americanos establecieron una interesante coyuntura. Ricardo Flores Magón corrió igual suerte cuando lo liquidaron en una cárcel estadounidense por encargo.

Desde entonces México es un recinto dominado por una mafia política, empresarial, sindical y militar. La saga ha continuado con el reemplazo de P.R.I. por el P.A.N. y sus tecnócratas Vicente Fox y Calderón. Sólo el experimento chiapaneco escapa a la represión gracias a su resistencia organizada pero Oaxaca y Guerrero han visto morir a su gente por insumisos mientras en Ciudad Juárez asesinan a las mujeres y el vasto territorio azteca es azotado por el narcotráfico.

La masacre de Tlatelolco es una expresión del ancestro homicida de las cúpulas políticas mexicanas. La Malinche, López de Santa Anna, Iturbide y el porfiriato fueron manifestación de las traiciones históricas. Para los culpables del pogrom de la Plaza de las Tres Culturas hubo impunidad por la ausencia de institucionalidad democrática pero el genocidio no ha sido en vano porque existe una emergencia subterránea de las bases sociales destinadas a rescatar la dignidad.

Podemos señalar que esa matanza es una vergüenza para toda la humanidad. Es un hecho espantoso comparable a May Lai, la represión estudiantil etíope en los setenta, los horrores de los militares guatemaltecos contra los mayas, las barbaridades cometidas por el mayor D’Abuisson y sus escuadrones de la muerte en El Salvador, las atrocidades de la Triple A en Argentina, los desaparecidos por Pinochet, los homicidios de Fujimori, Montesinos y Sendero Luminoso en Perú y tantos tragedias ocurridas despreciando a los hombres y mujeres. Aunque no haya sanción para los autores intelectuales no se debe pasar la página para que nunca más vuelva a repetirse.

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