RENACIMIENTO DEL BIPARTIDISMO

Renacimiento del bipartidismo
Humberto Decarli* / El Mundo (Venezuela) – 06/12/08

Los recientes resultados electorales evidencian una toma de espacios importantes por la oposición al obtener gobernaciones de entidades muy pobladas (Distrito Metropolitano, Zulia, Carabobo y Táchira) y políticamente relevantes. El oficialismo logra la mayoría de las alcaldías y estados con una votación mayor a los 5 millones. La abstención se mantuvo alta (más del 30%, mayor al chavismo) aunque bajó respecto otros comicios y más de un millón de nuevos votantes no se inscribieron.

Lo interesante de la elección es el incremento de la polarización. El presidente Chávez la estimuló tratando de convertirla en un plebiscito y el antichavismo la aupó porque sabe que así se estrangula al electorado como en el pasado. La opción entre Aristóbulo Istúriz y Antonio Ledesma, similares, es la muestra más trascendente de la ecuación entre ambas formaciones.

Con la caída de la dictadura perezjimenista, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, construyeron un modelo de poder más eficaz que el régimen castrense. Conjugaron una pentarquía (militares, alto clero, sindicalerismo, el empresariado y los partidos), donde necesitaron una maquinaria electoral para darle legitimidad. Inicialmente fueron tres pero luego se consolidó en el tándem AD-Copei, con comodines de ocasión como FDP, FND, URD y el MAS.

El bipartidismo reeditaba las experiencias internacionales en resguardo del esquema de dominación. Los liberales y conservadores en Colombia, los demócrata y los republicanos en Estados Unidos, el peronismo y la Unión Cívica Radical gauchos y el laborismo y conservatismo británico, son ejemplos de una alternabilidad sin peligro de cambio esencial.

En el mundo contemporáneo es diferente por el desprestigio de las organizaciones nacidas al calor de la representación. Apreciamos cómo en Colombia surge el uribismo alrededor de un caudillo, Lula Da Silva como expresión de un sindicalismo otrora combativo y el ejemplo chileno, donde hay dos coaliciones, una del pinochetismo y la otra de la socialdemocracia, la democracia cristiana y el archipiélago izquierdista.

El desgaste del chavismo, demostrado en las dos últimas ocasiones electorales, es aprovechado de una pléyade de grupos opositores con intereses disímiles pero con coincidencia en el manejo populista del poder. El oficialismo mantiene un férreo liderazgo en el presidente, quien decide y ordena, pero la oposición es variopinta con representantes ambiciosos. Atisbamos a Manuel Rosales, Leopoldo López y el resucitado Ledezma, como parte de una competencia con fines presidenciales.

Asimismo, el presidente debe revisar la posibilidad de buscar su proyecto más serio, la reelección indefinida, a través de un inconstitucional referéndum o una enmienda a la Carta Magna. Se puede apoyar en la votación alcanzada, relativamente alta para el pésimo desempeño gubernamental, pero corre el riesgo de ser derrotado porque su invencibilidad se ha venido a menos.

Sin embargo, el mundo del poder está tranquilo porque la oposición forma parte de la cultura clientelar y no representa algo distinto. Una estructura política como la venezolana puede permitirse estas oscilaciones al estar plenamente garantizado su dominio. Podrían haber nuevos inquilinos a quienes les corresponda ocupar territorios de gobierno. Mas un trabajo tesonero a largo plazo pudiera crear nuevas maneras de relaciones sociales opuestas al orden establecido.

Renacimiento del bipartidismo
Humberto Decarli* / El Mundo (Venezuela) – 06/12/08

Los recientes resultados electorales evidencian una toma de espacios importantes por la oposición al obtener gobernaciones de entidades muy pobladas (Distrito Metropolitano, Zulia, Carabobo y Táchira) y políticamente relevantes. El oficialismo logra la mayoría de las alcaldías y estados con una votación mayor a los 5 millones. La abstención se mantuvo alta (más del 30%, mayor al chavismo) aunque bajó respecto otros comicios y más de un millón de nuevos votantes no se inscribieron.

Lo interesante de la elección es el incremento de la polarización. El presidente Chávez la estimuló tratando de convertirla en un plebiscito y el antichavismo la aupó porque sabe que así se estrangula al electorado como en el pasado. La opción entre Aristóbulo Istúriz y Antonio Ledesma, similares, es la muestra más trascendente de la ecuación entre ambas formaciones.

Con la caída de la dictadura perezjimenista, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, construyeron un modelo de poder más eficaz que el régimen castrense. Conjugaron una pentarquía (militares, alto clero, sindicalerismo, el empresariado y los partidos), donde necesitaron una maquinaria electoral para darle legitimidad. Inicialmente fueron tres pero luego se consolidó en el tándem AD-Copei, con comodines de ocasión como FDP, FND, URD y el MAS.

El bipartidismo reeditaba las experiencias internacionales en resguardo del esquema de dominación. Los liberales y conservadores en Colombia, los demócrata y los republicanos en Estados Unidos, el peronismo y la Unión Cívica Radical gauchos y el laborismo y conservatismo británico, son ejemplos de una alternabilidad sin peligro de cambio esencial.

En el mundo contemporáneo es diferente por el desprestigio de las organizaciones nacidas al calor de la representación. Apreciamos cómo en Colombia surge el uribismo alrededor de un caudillo, Lula Da Silva como expresión de un sindicalismo otrora combativo y el ejemplo chileno, donde hay dos coaliciones, una del pinochetismo y la otra de la socialdemocracia, la democracia cristiana y el archipiélago izquierdista.

El desgaste del chavismo, demostrado en las dos últimas ocasiones electorales, es aprovechado de una pléyade de grupos opositores con intereses disímiles pero con coincidencia en el manejo populista del poder. El oficialismo mantiene un férreo liderazgo en el presidente, quien decide y ordena, pero la oposición es variopinta con representantes ambiciosos. Atisbamos a Manuel Rosales, Leopoldo López y el resucitado Ledezma, como parte de una competencia con fines presidenciales.

Asimismo, el presidente debe revisar la posibilidad de buscar su proyecto más serio, la reelección indefinida, a través de un inconstitucional referéndum o una enmienda a la Carta Magna. Se puede apoyar en la votación alcanzada, relativamente alta para el pésimo desempeño gubernamental, pero corre el riesgo de ser derrotado porque su invencibilidad se ha venido a menos.

Sin embargo, el mundo del poder está tranquilo porque la oposición forma parte de la cultura clientelar y no representa algo distinto. Una estructura política como la venezolana puede permitirse estas oscilaciones al estar plenamente garantizado su dominio. Podrían haber nuevos inquilinos a quienes les corresponda ocupar territorios de gobierno. Mas un trabajo tesonero a largo plazo pudiera crear nuevas maneras de relaciones sociales opuestas al orden establecido.

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